viernes, 9 de septiembre de 2011

Revista Sinécdoque Nº1 | "El peronismo como mito" (Escribe María Eva Mira | Ilustra Genghis)

El peronismo 
como mito
Escribe María Eva Mira
Ilustra Genghis

E
ste artículo que se leerá a continuación pretende tomar como objeto de análisis uno de los fenómenos políticos más relevantes del siglo XX en nuestro país que definió y define aún numerosos eventos de la política actual. Estamos hablando del peronismo. Lo que aquí esbozaremos al respecto es tan sólo una posibilidad de indagación, un modo de entrada a un proceso complejo y huidizo que por ello mismo debe ser tomado con cautela y con la certeza de que cualquier exposición sobre él será insuficiente. El camino que elegiremos para hacerlo está relacionado con el concepto de mito y trataremos, a partir de algunas definiciones y valorizaciones de este término, de delinear posibles recorridos para la interpretación del peronismo en tanto experiencia sagrada, teniendo en cuenta para ello su concepción de política.

El mito: definición y crítica.

Sostienen diferentes teorías que las sociedades míticas, las comunidades que vivían imbuidas en el mito -y que lo consideraban, al decir de Mircea Eliade, “…una ‘historia verdadera’, y lo que es más, una historia de inapreciable valor porque es sagrada, ejemplar y significativa.”1- han desaparecido dejando su lugar a las sociedades modernas que han abandonado las experiencias que rozan lo divino. En las sociedades arcaicas el significado de mito se relacionaba con un valor esencial e incuestionable que  permitía apreciar y significar los acontecimientos de la vida diaria. Los mitos se constituían así en relatos sacros. Eliade sostiene al respecto que “El mito cuenta  una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los comienzos.  (…) Los mitos revelan, pues, la actividad creadora y develan la sacralidad (…) de sus obras. (…) Los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado en el Mundo.”2 El mito, así, es para estas sociedades algo muy diferente a una narración ficcional. Para ellas, “describe realidades”. Por lo tanto, y a diferencia de cómo se ha utilizado el concepto en las sociedades modernas, el mito no se relaciona con lo falso, con una creencia fabulada o una invención, sino con un nivel de verdad sacra y primordial que rige y organiza el propio funcionamiento de la sociedad. Estos mitos no sólo tienen valor de realidad sino que tienen la función de guiar y enseñar modelos a seguir para los habitantes de esos pueblos. Por lo tanto son claves en la forma en que estos significaban su existencia. Pero además, narran en tanto tales, eventos relacionados con la creación, por parte de seres sobrenaturales o divinos, de un orden, una forma, a partir de una situación caótica e informe, absolutamente indefinida. Volveremos y profundizaremos sobre este aspecto en particular cuando hablemos del mito peronista.
Como mencionamos antes, se sostiene desde diferentes teorías que las sociedades míticas entendidas según nuestra descripción anterior han muerto. Ellas han sido reemplazadas por las sociedades modernas secularizadas, donde la sacralidad entendida en esos términos ya no es parte de nuestra existencia. Uno de los autores que formula afirmaciones de este carácter es el alemán Walter Benjamin.  Aquí nos interesa particularmente retomar uno de los puntos de su teoría, y hablar de un ejemplo puntual que lo contradice. Hablamos del fin de la narración enunciado por el autor y el peronismo como refutador de esta tesis.
Walter Benjamin afirma que con la época de la reproductividad técnica ha llegado a su fin la experiencia aurática y con ella también las narraciones y los relatos, entendidos como la transmisión y el retorno, la repetición vívida de este tipo de experiencia. Para Benjamin el aura, entendida como  “…la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que esta pueda hallarse.”3, está íntimamente ligada al concepto de narración. Ésta última existe porque hay una experiencia aurática, autentica, que ser narrada. Para Walter Benjamin “…la narración es útil en sí misma (…) una vez [como] moraleja, otra en unas indicaciones prácticas, y una tercera vez en un refrán o en alguna regla de conducta: en todo caso, el narrador es hombre que sabe aconsejar a sus oyentes.”4. Sin embargo ese arte de narrar está para él acercándose a su fin, porque “…está desapareciendo el lado épico de la verdad, es decir, la sabiduría.”5 Es importante destacar aquí que la lectura que hacemos de los textos y las posturas de Walter Benjamin no lo califica como un autor nostálgico, preocupado por la pérdida. Por el contrario, lo entendemos como un pensador esperanzado en que las posibilidades técnicas que surgen y destierran al relato y a las experiencias autenticas, cuyas altas y catastróficas posibilidades destructivas el autor no ignora, sean de todos modos capaces de tener una acción positiva por la humanidad: sacarla de su ensoñación mítica.
Al respecto Walter Benjamin comenta en el convolut K del Libro de los pasajes: “El despertar como fase gradual, que se impone tanto en la vida del individuo como en la de las generaciones. Dormir es su fase primaria. La experiencia juvenil de una generación tiene mucho en común con la experiencia onírica.”6 El despertar del cual está hablando este autor es el despertar del mito, que adormece a la humanidad con su persistencia. Y el orden en donde tendrá lugar ese despertar no es otro que el de la política entendida no como una continuación de la situación mítica, sino como una salida de la misma. Según Benjamin la reproducibilidad técnica rompió, con sus nuevas posibilidades, una forma de concebir no sólo el arte y la creación, sino una manera de experimentar la vida y de relacionarse con lo sagrado. Ella trajo consigo la deconstrucción del aura y del mito, y así, de su mano, llegó una posibilidad del despertar. Como se dijo antes, Benjamin ve en esta desaparición no un signo de decadencia sino un síntoma positivo, que nos aleja de aquel lugar ritual, de aquella certeza de la tradición, de la persistencia del mito y nos permite entrar en una secularización ligada al fin de lo onírico.
Es de notar que Walter Benjamin escribió su obra en la segunda y tercera década del siglo XX y que en el año 1940 el autor alemán fallece perseguido por las tropas nazifascistas. Sin embargo, tan sólo cinco años después de su muerte surgirá en nuestro país el peronismo actuando como contraejemplo de todas estas afirmaciones mencionadas acerca del fin de la experiencia mítica. Lo que intentaremos afirmar en este artículo es que el peronismo se desarrolla bajo una estructura y funcionamiento mítico. Nos atreveremos a decir que, si bien creemos como el autor que esas sociedades míticas han desaparecido en los términos y en las totalidades en que las conocíamos, hay mitos, roces con la sacralidad, que no sólo han sobrevivido, sino que han nacido al calor del siglo XX. Para nosotros el peronismo es uno de estos mitos, una de estas narraciones que surgen cuando el propio Benjamin describía los tiempos de la reproductibilidad técnica, la desmitificación y la desauratización. Nace para ocupar el lugar del gran relato de la sociedad Argentina desde ese momento y hasta nuestros días, generando con él nuevas experiencias sacras y auráticas, experiencias verdaderas, factibles de ser narradas.

Amigo – enemigo: la concepción política de Schmitt y el peronismo

La lectura que aquí hacemos de Benjamin nos permite afirmar, como se dijo antes, que el autor alemán ve en la desaparición del mito la posibilidad de un despertar de la humanidad toda, un despertar volcado hacia la política. Si bien el peronismo es sin duda un movimiento político, entendemos que no lo es en el sentido en que Benjamin lo describe. La concepción que el peronismo tiene de la política tiene fuertes puntos de contacto con lo que el teórico alemán Carl Schmitt desarrolla bajo el concepto de “teología política”. En principio debemos decir que Schmitt plantea una definición positiva y esencial de la política. Ésta tiene para él una esencia propia. Dice al respecto: “De hecho, lo político tiene sus propios criterios que se manifiestan de un modo particular frente a las diferentes áreas específicas relativamente independientes del pensamiento y del accionar humanos, en especial frente a lo moral, lo estético y lo económico.”7 Schmitt piensa lo político asumiendo que para dar cuenta de ello debemos encontrar una distinción específica, autónoma y valida por sí misma, que será la que nos permita encontrar una esencia. Algo que cumpla el rol que, por ejemplo, tiene el par bueno/malo para el campo de la moral. Hay que hallar una nueva distinción, específica de lo político, autónoma de las de las otras esferas sociales. Afirma entonces que esta diferenciación no es otra que la que el soberano realiza entre amigo-enemigo, fundando y constituyendo en ella su propia soberanía. Es por ello que Schmitt sostiene que “No hay necesidad de que el enemigo sea moralmente malo, o estéticamente feo; no debe necesariamente presentarse como competidor económico…”8 sino que “…es simplemente el otro, el extranjero y basta a su esencia que sea existencialmente, en un sentido en particular intensivo, algo otro o extranjero…”9 Esta otredad, una vez definida, una vez decidida, entra en conflicto ontológico con la existencia propia, y por eso dice Schmitt que es “…necesario defenderse y combatir para preservar el propio, peculiar, modo de vida”10. De esta manera, esa oposición amigo-enemigo marca el grado máximo de intensidad de una unión o separación. Esto significa que no todas las distinciones deben recaer en la construcción de un enemigo. Es necesario un grado de intensidad para que éste emerja. Esto no es menor, porque implica precisamente que nadie, ningún pueblo o nación se convierte en enemigo por ser meramente un competidor económico, una otredad religiosa, o la encarnación de una incompatibilidad moral. Es la decisión política, la de agruparse en estas dos categorías de amigos y enemigos, la que genera a ese otro que amenaza la propia forma de existencia. El antagonismo es la oposición extrema. Y esto tiene un sentido específico: el enemigo es quien es pasible de ser asesinado, y quien es también pasible de asesinarnos. Schmitt lo explica del siguiente modo: “Los conceptos de amigo, enemigo y lucha adquieren su sentido real por el hecho de que están y se mantienen en conexión con la posibilidad real de matar físicamente.”11 Es decir, la posibilidad última de la decisión de agruparse entre amigos y enemigos es la guerra. No hay aquí simbolismos ni metáforas. La eliminación del otro, su posibilidad, debe ser material, y no meramente psicológica, espiritual o metafísica. Eso no implica, sin embargo, que esta guerra de la que Schmitt habla deba ser deseable. Incluso puede nunca acontecer. Pero su posibilidad positiva, certera y futura debe estar dada. No puede ser un enemigo alguien a quien no estoy dispuesto a matar. No puede ser un enemigo alguien que no esta dispuesto a matarme. La aniquilación debe ser un horizonte siempre posible, por que la enemistad es “…una negación óntica de un ser distinto. La guerra no es sino la realización extrema de la enemistad.”12 Un enemigo es siempre un enemigo público porque es el enemigo del pueblo
Sostenemos entonces que la concepción de política que se encuentra detrás del peronismo es precisamente la de esta teología política que vincula lo político con una instancia sacra, y que marca la distinción amigo-enemigo como su esencia. No será en este artículo que desarrollemos qué se constituirá en un enemigo para el peronismo ni cómo se irá desarrollando esta categoría compleja, ya que esto requiere un análisis extenso que excede por mucho los límites de este escrito. Pero sí afirmaremos que esta concepción política, presente tanto en el peronismo como en sus enemigos, se relaciona intrínsecamente con la concepción mítica y con la figura del orden que se viene a reponer. La idea de política que el peronismo y Benjamin sostienen es radicalmente diferente. La del primero está claramente imbuida en un universo mítico, teológico y sacro. Da cuenta de un soberano con una decisión última, que instaura con ella su propia soberanía y un estado de excepción que de fin a un caos, que devuelva el orden perdido. La del segundo se liga con una posible salida a esta totalidad de opresión y ensoñación sacra. Es por eso que a pesar de que Benjamin habla de un despertar político, no está concibiendo la política en esos mismos términos. Desarrollaremos algunos de estos puntos más adelante.

El mito peronista

A partir de las afirmaciones planteadas, nos encontramos frente a la necesidad de repetir que no porque el peronismo haya sido caracterizado como mito se convierte en una falsedad, un relato ficcional o una mentira. Ninguna persona que viva en su aura, en su esfera, podría jamás pensar eso. El peronismo es una verdad porque se vive como una verdad. Porque establece realidades, porque es un relato sagrado, incuestionable para quienes viven en él. Despojémonos aquí de todas aquéllas concepciones marxistas de falsa ideología, de todos los principios racionalistas que nos lleven a hablar de verdades o falsedades en términos positivistas. El peronismo es un mito en tanto relato sagrado y significante. En tanto verdad que brinda modelos ejemplares, en tanto creador de ritos y símbolos significativos. Por eso, porque actúa de esta forma, no puede contarse de forma indiferente.13 Para Mircea Eliade, los relatos míticos adquieren su carácter de realidad en tanto y en cuanto para los pobladores de las sociedades míticas, “….el hombre, tal como es hoy, es el resultado directo de estos acontecimientos míticos, está constituido por estos acontecimientos.14 Quizás desde aquí sea desde donde podemos pensar la celebre frase del General Juan Domingo Perón que rezaba “La única verdad es la realidad”. La realidad es, para los peronistas, el peronismo. Y esto no se relaciona ni con enceguecimientos ni con falsedades, con velos deformantes. Por el contrario, es ésta una forma de significar, de aprehender, de vivir en el mundo.
Sostenemos, entonces, que el peronismo funciona como un mito en la sociedad moderna. Es posible que aquella conexión absoluta con lo sagrado esté, como afirma Benjamín, destruida o desgastada por la tecnificación de la sociedad y se haya perdido, en esa magnitud, para siempre. Pero existen aún, dentro de los actuales modos de vida profanos, hilos, experiencias, elementos que permiten una conexión con lo sacro, con aquel otro mundo, con esa otra esfera sagrada, incuestionable, mítica. La esfera que va más allá de la existencia “terrenal” y que nos pone en contacto con un mundo distinto, el mundo de lo divino. Para nosotros el peronismo es una experiencia híbrida, que mixtura elementos racionalistas y tecnófilos propios de la modernidad, con elementos míticos y sacros, pre y anti racionalistas, dignos de una experiencia de conexión con una estructura sagrada y verticalista, donde una persona sólo puede mediante estos instantes conectarse con una instancia superior.
En tanto narración mítica, el peronismo tiene una función. En primer lugar, ofrecer los ejemplos, los modos de comportamiento a seguir. Y en segundo lugar, devolver el orden en una situación de caos. Profundicemos un instante en este concepto de orden. El orden no es y ni significa lo mismo en el pensamiento mítico arcaico que en el racionalismo moderno. En aquel mundo antiguo, el orden se relacionaba con una idea original de lo amorfo, el caos como primordial figura cosmogónica; aquello que fue primero en la realidad como incorpóreo y sin forma, y que luego los Dioses moldearon trayendo el orden y la forma. Es decir, creando el mundo y la existencia tal como esos hombres la conocían. En el caso del peronismo, el orden devuelto no es ni puede ser una experiencia tan primigenia y central como la de la creación de la propia vida o el propio universo. Sin embargo, Mircea Eliade sostiene que los mitos son siempre “…el relato de una ‘creación’: se narra como algo ha sido producido, ha comenzado a ser.”15 Podríamos preguntarnos entonces, ¿qué es lo que el peronismo crea? ¿A qué le da forma, qué es lo que ordena?
La respuesta a estas preguntas podría formularse de la siguiente manera: en la Argentina de 1943 -cuando empieza a desarrollarse como germen-, el peronismo encuentra, como fracción de la clase dominante (clase en el poder)16, una sociedad en pleno cambio y ebullición. En nuestro país se registraba el crecimiento de nuevas industrias (principalmente en Buenos Aires, Córdoba y Rosario) dedicadas a la sustitución de importaciones de bienes de consumo. Este proceso de industrialización motivaba a su vez una fuerte corriente migratoria interna, desde zonas rurales hacia las ciudades. La ciudad y sus alrededores recibieron más de 70 mil migrantes anuales entre 1936 y 1943, y más de 100 mil entre este último año y 1947. Entre 1935 y 1943 la ocupación en actividades industriales creció de 600 mil trabajadores a cerca de un millón. A estos cambios a nivel nacional deben sumárseles los extraordinarios acontecimientos a nivel mundial. Nos referimos no solamente al desarrollo y posterior finalización de la Segunda Guerra Mundial, sino también a la relevancia ocupada por la cada vez más pujante Unión Soviética. La “amenaza del comunismo” preocupaba a las naciones occidentales desde la Revolución Rusa de 1917, y en Argentina esto significaba también la “amenaza” del sindicalismo comunista y socialista en auge durante las décadas del ’20 y del ’30, después de que el anarquismo fuera diezmado por la represión estatal17. En este contexto es que el peronismo se dispone a brindar “un orden”, una nueva organización de los elementos sociales que “rescaten” a la sociedad de lo que amplios sectores de la clase dominante perciben como un caos producido por el impune fraude de la clase oligárquica18, los avances de los sectores de izquierda, y una nueva masa de hombres y mujeres entrando en el mundo obrero bonaerense de forma desbocada y rebasando el control estatal. El peronismo es un mito porque él mismo funda el orden, él mismo genera una nueva forma, destierra el caos y da origen a un nuevo mundo, una nueva manera de significar y representar las experiencias y prácticas sociales. Y este mito es el que se actualizará ritualmente a partir de ese momento.

El 17 de octubre: el instante de creación originaria

Para el mito peronista, el instante originario, el momento inaugural de este mundo nuevo, de este nuevo orden que está surgiendo, es el 17 de octubre de 1945. Los relatos acerca de este día han sufrido desde aquel momento variaciones relevantes en términos políticos, pero no en términos funcionales. El 17 de octubre se narra desde amplios sectores de la sociedad como un hecho trascendente y fundante, ya sea desde las palabras de los trabajadores allí presentes19, hasta las poesías y relatos cantados a aquella fecha por Leopoldo Marechal, Cipriano Reyes, Juan José Hernández Arregui, Raúl Scalabrini Ortiz, y otros20, como antiguamente lo hacían Homero y Hesíodo “inspirados y dictados por las musas”. El 17 de octubre es la fundación del peronismo como mito y su relato se transforma en un elemento a ritualizar. De allí en más, los 17 de ese mes se transformarán en días sacros, porque tendrán que ver con el momento en que el mundo de aquellos hombres y mujeres toma forma, ya que como explica Eliade “…relatar el mito de los seres sobrenaturales [en este caso podríamos hablar de seres extraordinarios, fuera de lo común, líderes] y la manifestación de sus poderes sagrados, se convierte en el modelo ejemplar de todas las actividades humanas significativas.”21 Como dijimos antes, claramente no estamos frente a un mito cosmogónico en el sentido tradicional. Ninguna persona sostendría que el peronismo, que Juan Domingo Perón, creó el mundo. Pero sí muchos de ellos serían capaces de responder que “El General” o el gobierno peronista otorgó a los trabajadores derechos que no habían tenido nunca, o brindó la posibilidad de que una clase silenciada y oprimida se constituyera en el sujeto clave de un proceso político. Narrarían como este movimiento político trabajó para “el pueblo” y como “el pueblo” adquirió dignidad. No vamos a discutir aquí si efectivamente el peronismo cumplió o no ese papel o se ajustó a no a esa imagen. Como se dijo antes, no es el carácter falso o verídico en términos racionales o factuales lo que importa, sino que ese relato se constituya en una verdad trascendente, fundacional, sagrada para quienes en ella viven. El hombre trabajador y sus derechos, tal como fue entendido por muchos de esos mismos hombres, “…es el resultado directo de estos acontecimientos míticos, está constituido por estos acontecimientos.22
Esa historia narrada en los mitos es continuamente rememorada y reactualizada en los denominados ritos o rituales. Porque esos acontecimientos ocurrieron en los tiempos míticos y sagrados y necesitan ser constantemente traídos al presente. Los ritos cumplen la función de repetir lo que ocurrió en el pasado. En la mentalidad moderna o racional/instrumental donde el tiempo es una línea de progreso constante, los hechos pasados son irreversibles porque el tiempo también lo es. Pero en el sentido mítico, el tiempo se comporta de forma circular, y lo que “…pasó ab origine es susceptible de repetirse por la fuerza de los ritos.”23 Repetir, reactualizar el mito, es conocer el origen de las cosas, su secreto de creación, dónde  se hallan y cómo  reaparecerlas, tal como los seres extraordinarios o sagrados lo hicieron alguna vez. A partir de estas afirmaciones podemos entender el por qué de la relevancia y la trascendencia (entendida en términos de importancia y en término sacros) de los actos, las marchas, las rememoraciones, que se convierten en elementos centrales en el peronismo y no meros elementos accesorios. Podemos entender también porque cada 17 de octubre es central para los militantes peronistas, y porque se eligió ese día para el traslado de los resto del General a su lecho final en San Vicente en el año 2006, 32 años después de su muerte y 61 años después del “Día de la Lealtad” en aquella plaza de mayo. Con cada rito se reactualiza aquel momento originario.
Si pensamos el peronismo de esta manera, si lo entendemos como un relato mítico central para la historia de la política nacional, entenderemos también muchos otros elementos que acompañaron los siguientes años de la historia nacional. Entenderemos los cuadros de Perón y Evita colgados en las paredes de las casas, la marcha como canto sacro hacia el líder y el movimiento, las multitudinarias movilizaciones, los discursos desde el balcón como aquel originario 17. Y quizás mucho de lo que vendrá después del 16 de septiembre de 1955, donde se abrió, con Perón ausente, la posibilidad de que aquel relato mítico se vivificara de formas cada vez más profundas, cada vez más sagradas, pero también cada vez más heterodoxas. Durante la “resistencia” se acentuó aún más la idea de un origen puro, un pasado ordenado y justo al que era necesario regresar, pero también se complejizó el movimiento de forma notoria. Surgieron dos ramas, dos vertientes, y habría que pensar entonces si aquel mito de origen no se partió también en dos. Durante los años cercanos a la década del ’70 y al regreso de Perón al país, muchos sectores dentro del peronismo creerán que el enemigo schmittiano descrito anteriormente, antes entendido como sectores opuestos al partido, está en el mismo movimiento. Para la juventud peronista, ese enemigo será la burocracia sindical que quiere mantener un viejo esquema y se opone al desarrollo del socialismo que el General traería con su retorno. Para el sindicalismo, el enemigo será esa juventud radicalizada que no es realmente peronista y que pretende del partido algo que el partido no es. Es el propio orden que tiene que ser repuesto el que se cuestiona, es el propio mito el que se divide en dos. Si el mito actúa ejemplificando y marcando el camino, es posible afirmar que lo que ocurrió en aquellos años al interior del movimiento es una divergencia esencial sobre como reactualizar e interpretar aquel relato.
Pero más importante que esto es que los propios enemigos del peronismo lo entendieron a este de forma mítica. Y a la luz de estas afirmaciones se comprende también por qué cuando en 1955 llega al poder la autodenominada Revolución Libertadora son las propias palabras, los significantes, a quienes se intenta eliminar de la cotidianeidad. Los golpistas no se enfrentan a una estructura partidaria, a un movimiento obrero. Se enfrentan a un mito. Y tal vez desde allí debamos entender también el Cristo vence adornando las macabras estructuras de los aviones que bombardearan aquel mediodía del 16 de junio de 1955 la Plaza de Mayo.¿Qué mejor forma de enfrentar a un mito que desde otro con dos mil años de persistencia? Aquellos militares asumieron sin duda su rol como enemigos. Ellos también concibieron a la política como una guerra sacra. Por eso se crea la imagen del tirano prófugo, por eso se borran las propias palabras del peronismo del lenguaje cotidiano. Es el propio relato, la narración, la reactualización de aquella experiencia sagrada, la que tiene que ser eliminada. Había que borrar al peronismo de la historia, porque sólo eliminando el relato desaparece el mito. Mientras alguien lo narrara, seguiría persistiendo. No alcanzaba con cuestionarlo o con invalidarlo. Había que desaparecerlo.

El peronismo como mito ambidiestro

Ahora bien, afirmadas estas características míticas del peronismo y su concepción de la política en términos teológicos, tendríamos que afirmar, siguiendo a Walter Benjamin, que este movimiento político no producirá ningún despertar político, sino que por el contrario, alargará el adormecimiento, la ensoñación de los sujetos oprimidos en su permanente estado de excepción.24 y 25
Y sin embargo, existen elementos en el peronismo que no nos permiten afirmar esto con total certeza, sin grietas ni salvedades. El peronismo, a pesar de sus características conservadoras, dio lugar en nuestro país a una insurgencia popular, a un advenimiento del pueblo como sujeto histórico y político, pocas veces visto. Incluso dará lugar en la década del ’70 a numerosos movimientos que reivindicarán el socialismo en su nombre. Entonces, hay algo que no termina de cerrarse respecto de esta concepción sobre el peronismo. ¿Es necesario negar el carácter mítico del peronismo para dar cuenta de esta segunda e intrincada faceta? Quizás para responder a esta pregunta debamos recurrir a la obra de Roberto Esposito. Sostiene este autor que cuando se habla de mito político usualmente se mira a la derecha, y que ello no sucede casualmente, sino que “…la lucha contra las democracias occidentales por parte del nazifacismo apareció como un ajuste de cuentas final entre las potencias oscuras del mito y una civilización todavía alumbrada por los valores de la Ilustración26 Pero para continuar con esta postura, será necesario seguir en la creencia de una doble condición: “…por un lado, que el mito quede confinado en la esfera de lo irracional, por el otro, que se piense en el nihilismo en oposición frontal al humanismo”27 Pero para él, así como Adorno y Horkheimer plantearon en Dialéctica del iluminismo que la ilustración tiene un alma mítica, el mito tiene que tener en su interior un núcleo potencialmente ilustrado, pero “…en el sentido positivo de ‘racional’ y, más concretamente, de una razón liberadora, emancipadora, respecto a su propia valoración coactiva.”28 Es así que Esposito sostiene que no es pensable una vida sin mito. Porque trabajar para darle un fin al mito implica nuevamente entregarse a la construcción del mismo. Todos los intentos de desmitificación han terminado en un mito potenciado. No hay forma de apartarse de él, sostiene el autor, y va un paso más allá. No sería deseable hacerlo. Así Esposito afirma: “El final del mito (…) coincidiría en último extremo con la asunción de la muerte no ya como horizonte, sino más bien como realidad, de la vida. Significaría literalmente morir desde el momento que no es concebible una vida sustraída a la palabra, a la esperanza, a la obra.”29 El mito sólo es factible de interrupción, no de final. Y esta interrupción no es más que un viaje hacia su límite. Según Esposito, “El mito interrumpido es el mito herido en su pretensión de continua compacidad, de reunificación de las voces, de nueva comunidad.”30. Lo impolítico (y no lo apolítico, que es el doble exacto de la política y que existe desde siempre espejándola) será quien le marqué un límite a la política entendida en términos schmittianos, quien la interrumpa, quien le marque su finitud y de este modo la devuelva a su lugar, que ha olvidado. Lo impolítico saca a la política de la trascendencia, desenmascara que derecho y violencia, orden y caos no son entidades separadas, sino que han existido siempre una como contracara de la otra. Deja ver que el origen sagrado donde reinaba la paz no es ahistórico, está envuelto en los mismos ciclos de violencia y caos. Y si no existe un momento de orden que es a la vez quebrado por el caos, o un momento de caos resultó  por el orden, lo que cae es precisamente el concepto de mito. Lo que se acaba aquí es la esencialidad de la política que habíamos explicado anteriormente, y surge en su lugar un concepto relacional de la misma. Entonces, podremos volver a mirar al peronismo a la luz de estas afirmaciones. Por eso podemos reconocer en el peronismo aspectos transformadores que no caben dentro de la estructura conceptual que veníamos desarrollando. Podemos pensar que los conceptos que maneja el peronismo y su forma de desenvolverse tienen efectivas similitudes con la teología política schmittiana y con la estructura mítica. Y sin embargo ir un paso más allá, y criticar ese fenómeno interrumpiendo el mito, como sugiere Esposito. Limitándolo en su trascendencia, guardándolo, valorándolo, apreciándolo como relato sin caer en un esencialismo schmittiano desde nuestro propio lugar como investigadores, condenándolo a un lugar de amigo-enemigo. 

Notas
1 Eliade, Mircea. “La estructura de los mitos” en Mito y realidad, Labor, Barcelona, 1991. Pág. 7
2 Ibíd. Pág. 12
3 Benjamin, Walter, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” en Obras libro I/vol 2, Abada editores, Madrid, 2008. Pág. 16
4 Benjamin, Walter, “El narrador” en Obras libro II/vol 2, Abada editores, Madrid, 2009. Pág. 44
5 Ibíd. Pág. 45
6 Benjamin, Walter., “Convolut [K 1,1]” en Libro de los pasajes, Akal, Madrid, 2004. Pág. 393
7 Schmitt, Carl., El concepto de lo político, Alianza, Madrid, 1999. Pág. 56
8 Ibíd. Pág. 57
9 Ibíd. Pág. 57
10 Ibíd. Pág. 57
11 Ibíd. Pág. 63
12 Ibíd. Pág. 63
13 CFR. Eliade, Mircea, Op. Cit
14 Eliade, Mircea, Op. Cit. Pág. 18
15 Ibíd. Pág. 12
16 Ver Murmis, Miguel y Portantiero, Juan Carlos, Estudios sobre los orígenes del peronismo, Siglo XXI, Buenos Aires, 2011.
17 Ver Del Campo, Hugo, Sindicalismo y peronismo. Los comienzo de un vínculo perdurable, Siglo XXI, Buenos Aires, 2005
18 Algunos de los sectores de la propia clase dominante encuentran problemáticas y peligrosas las maniobras electorales y de conducción política de la fracción en el poder.
19 Ver ejemplos en http://www.lucheyvuelve.com.ar/General/testimoniosdel17.htmhttp://www.relatosdelperonismo.com.ar/17oct45.htm,http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/ascenso_y_auge_del_peronismo/17_de_octubre_de_1945.php
20 http://www.lucheyvuelve.com.ar/General/17deoctubremarehcal.htm y http://www.lagazeta.com.ar/diecisiete.htm
21 Eliade, Mircea, Op. Cit. Pág. 13
22 Ibíd. Pág. 18
23 Ibíd. Pág. 20
24 “La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el ‘estado de excepción’ en el que vivimos.” Benjamin, Walter, Tesis de filosofía de la historia, en http://homepage.mac.com/eeskenazi/benjamin.html
25 “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.” Ibíd.
26 Esposito, Roberto. “Mito” en Confines de lo político, Editorial Trotta, Madrid, 1996. Pág. 95
27 Ibíd.
28 Ibíd. Pág. 96
29 Ibíd. Pág. 110
30 Ibíd.

Bibliografía
Benjamin, Walter, “El narrador” en Obras libro II/vol 2, Abada editores, Madrid, 2009
Benjamin, Walter, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” en Obras libro I/vol 2, Abada editores, Madrid, 2008
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Murmis, Miguel y Portantiero, Juan Carlos, Estudios sobre los orígenes del peronismo, Siglo XXI, Buenos Aires, 2011.
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